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Como en Identidad Robada seguimos de vacaciones, te dejo el post de Laura Cambra para que sepas de que se trata todo esto.
Un acontecimiento como TwittBaires tiene el encanto de una cita a ciegas. Es una ceremonia en la que atravesamos el umbral que deja atrás la virtualidad. Abandonamos la condición de avatares para ser personas. Hacemos que la ‘red social’ abstracta e indiscriminada se convierta en la vivencia concreta de los vínculos humanos.
Hay cierta ansiedad. Algo de excitación. El desafío de descubrir en una cara desconocida y en una voz nunca escuchada las expresiones leídas a diario; de adivinar en una mirada o en un gesto al dueño o a la dueña de un estilo construido a fuerza de cientos –o miles– de conjuntos que no exceden los ciento cuarenta caracteres y que conforman, en pequeñísimas piezas de rompecabezas, una identidad. Imágenes que coinciden con las que nuestra imaginación fue creando. O no.
¿Cuánto sabemos de los demás? ¿Cuánto saben de nosotros? ¿Cuánta información hemos brindado mientras cumplíamos con el ritual de inscribir nuestros pareceres en la ventanita, resumiendo y apretando como quien baila en una baldosa?
Siempre soy muy crítica respecto del universo 2.0. La vida expresada en bytes me parece estrecha, incompleta y proclive a cierta ostentación banal (vulg. autobombo exacerbado). Sin embargo, cada encuentro Twitter –suerte de modelos de prueba a escala del que tendrá lugar en enero– fue una experiencia enriquecedora que llevó a otras y a otras y a otras. Ahora, con frecuencia, sé dónde están quienes escriben cuando escriben. Ya no son solo la sucesión ordenada de píxeles de sus avatares ni el nombre tras la @. Y cuando entregan sus mensajes, puedo adivinar sonrisas o penas, distinguir poses quejosas o verdaderos malestares; reclamos, pases de factura o agradecimientos sinceros. Porque los vi, porque cruzamos nuestras miradas una noche cualquiera con una excusa muy frágil, porque en algún momento fueron mi cita a ciegas.
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